La alumna nueva se sienta en la colchoneta, se recoge el pelo y lo resume en tres palabras: «Me noto rígida». Enfrente, una instructora que se sabe de memoria decenas de ejercicios, de suelo y de aparatos, se queda en blanco. Tiene todas las respuestas del repertorio y ninguna pregunta por la que empezar.
Conozco bien esa escena: la he vivido y la escucho a menudo en las tutorías con profesionales. Es gente preparada, con años de formación, que se bloquea justo en el primer minuto. No le falta conocimiento. Lo que pasa es que el repertorio responde a «qué hago», y la persona todavía no nos ha dicho «para qué».
«Rígida» puede significar muchas cosas: una espalda que tarda en arrancar por la mañana, unas caderas que no dejan agacharse con soltura o miedo a moverse después de una mala temporada. Cada historia pide una clase distinta, y ningún ejercicio, por bueno que sea, decide por ti.
Por eso, antes de elegir un ejercicio, sigo siempre el mismo ciclo de seis pasos: entrevista, observación, tests, hallazgos por principio, elección del ejercicio y reevaluación. Te lo cuento con la alumna del principio, a la que llamaré Nuria: tiene cincuenta años y pasa muchas horas sentada delante del ordenador.
Antes de tocar el repertorio: escuchar, mirar, probar
1. Entrevista. Le pregunto qué quiere y qué necesita, cómo es su día, qué historia trae su cuerpo y cuál es su objetivo, dicho con sus palabras. Entonces aparece lo importante: jugaba al pádel con sus amigas, lo dejó cuando empezó a cuidar de su madre y quiere volver. Para ella, «rígida» significa girarse con esfuerzo para mirar atrás al aparcar y levantarse del sofá como si fuera de una pieza.
La Clasificación Internacional del Funcionamiento, de la Discapacidad y de la Salud (CIF), que la OMS publicó en 2001, propone mirar las funciones y estructuras corporales, pero también las actividades, la participación y los factores contextuales. Volver a la pista con sus amigas es participación; cuidar de su madre y pasar el día sentada es contexto. Ese objetivo será mi brújula durante todo el proceso.
También le pregunto por su salud, por dolores y por lesiones antiguas. Me habla de un esguince de tobillo de hace años que hoy no le molesta. Si hubiera aparecido un dolor sin explicación, el siguiente paso no sería un ejercicio, sino hablar con su médico o su fisioterapeuta: trabajo en equipo con ellos y derivo cuando algo no me corresponde.
2. Observación. Antes de corregir nada, la veo moverse en tareas reales: coger algo del suelo, girarse para mirar detrás, dar unos pasos laterales como en la pista y levantar los brazos como para un remate. Nuria gira el cuerpo entero desde los pies, retiene el aire cuando algo le resulta nuevo y, en los pasos laterales, mira al suelo. Todavía no corrijo: solo apunto.
3. Tests. Con lo que me han dado la entrevista y la observación, elijo unos pocos tests. No usan aparatos, solo su cuerpo y mi mirada, y forman parte de una herramienta de evaluación con la que trabajo desde hace años. No los aplico todos a todo el mundo: con Nuria elijo una rotación de tronco sentada, llevar los brazos por encima de la cabeza y mantenerse sobre una pierna.
De los hallazgos a la decisión (y vuelta)
4. Hallazgos por principio. En cada test me pregunto qué principio necesita evolucionar. Pero no me quedo en la etiqueta: lo convierto en un resumen que cualquier profesional pueda entender.
Nuria quiere volver a jugar al pádel. Al girar sentada, la parte alta de la espalda se mueve poco y el cuello compensa (movilidad). Con los brazos por encima de la cabeza, las costillas se abren hacia delante y retiene el aire (movilidad y respiración). Sobre una pierna se sostiene, pero la pelvis cae hacia el lado libre (alineación). Prioridad: movilidad con la respiración libre; después, alineación dinámica.
Fíjate en lo que no aparece: ni lesiones ni nombres de estructuras. Describo cómo se mueve, porque mi trabajo es interpretar, no diagnosticar.
5. Elección del ejercicio. Ahora sí llega el repertorio, y llega con una hipótesis: si la parte alta de la espalda gira con más libertad y el aire acompaña el giro, Nuria dejará de girar en bloque. Para ponerla a prueba elijo un Spine Twist: sentada sobre un cojín alto, gira con la exhalación guiando cada rotación. Con otra persona, ese mismo Spine Twist me sirve para trabajar el control de la pelvis mientras el tronco gira: el ejercicio es el mismo, el propósito no.
6. Reevaluación. Al final de algunas sesiones repito la rotación sentada. Si algo ha cambiado, la hipótesis gana peso y sigo por ese camino; si no, la ajusto. Y dentro de unas semanas vuelvo a su objetivo: ¿se gira mejor al aparcar?, ¿se ve otra vez en la pista?
El repertorio cambia de lugar
Nada de esto le quita valor al repertorio: le cambia el sitio. Yo lo resumo así: el repertorio es un lenguaje, no un menú. Con un menú eliges platos por su nombre; con un lenguaje construyes frases para decirle algo a alguien.
Cuantas más palabras conoces, más matices puedes expresar, y ahí es donde tus decenas de ejercicios cuentan: para adaptar, progresar o dosificar, o para ofrecer varios caminos hacia la misma idea. Lo que cambia es el orden. Primero la persona, después la frase y, al final, la palabra.
A la instructora del principio no le faltaban ejercicios; le faltaba un orden para decidir. Y ese orden se entrena. Pensar casos reales paso a paso, en voz alta y con alguien al lado, es justo lo que hago con profesionales en las tutorías y mentorías, por si te apetece practicarlo en compañía.
Para llevar a tu próxima clase
• Cuando alguien te diga «me noto rígida», pregunta cuándo, haciendo qué y qué le gustaría volver a hacer.
• Observa una tarea real antes de corregir nada; de momento, solo apunta.
• Elige los tests que el caso pide, no todos.
• Escribe los hallazgos por principio en un resumen muy claro.
• Plantea cada ejercicio como una hipótesis y repite los tests: ¿ha cambiado algo?